jueves, 1 de enero de 2015

Química y literatura: el cinc según Levi

Decía Borges que releer es más importante que leer. Y estoy de acuerdo con él, porque de las relecturas se obtienen más matices, palabras y expresiones más afiladas, y se establecen novedosas relaciones entre ideas aparentemente inconexas. Vamos, que hay que releer.
Siempre he considerado El sistema periódico, de Primo Levi, una obra de obligada lectura para cualquier persona que pretenda dedicarse a la Química. En esta obra, es difícil saber cuando la Química se filtra a través de la Literatura y cuando sucede al contrario; sin duda, es una obra maestra de la literatura contemporánea y cada una de sus frases concentra moles de saber. Por eso, hay que leer, sí, pero hay que releer El sistema periódico porque es una obra que no pierde la capacidad de sorprender y es terreno abonado a nuevas ideas. 

Primo Levi nació en 1919 en el seno de una familia judía, y tuvo que soportar el fascismo de Mussolini. Al poco de tiempo de terminar sus estudios de Química se unió a la resistencia antifranquista italiana, pero lamentablemente fue apresado y conducido al campo de concentración de Auschwitz en el que sobrevivió durante diez meses. Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, Primo Levi retomó su trabajo como químico industrial mientras escribía sus memorias como superviviente del holocausto judío. El sistema periódico (1975) consta de una serie de relatos autobiográficos cada uno de ellos titulado por el nombre de un elemento químico con el cual, de alguna manera tiene relación.
Primo Levi escribió más libros relatando los horrores que había vivido durante el fascismo y murió en 1987 bajo unas circunstancias rodeadas de polémica.
Primo Levi en 1975. Fuente.
En la última relectura de El sistema periódico, me detuve y recreé en el capítulo del cinc. Me encanta la cantidad de reflexiones que se pueden destilar del texto, así que os lo pongo aquí para que lo disfrutéis tanto como yo. Al margen de las discusiones éticas que puede ocasionar la lectura de "Cinc", anotad también la utilidad pedagógica del texto en cuanto a la enseñanza de la Química. 
Cinc
Habíamos asistido durante cinco meses, en actitud respetuosa y apretados como sardinas en subasta, a las clases de Química General e Inorgánica que daba el profesor P., y habíamos sacado de ellas sensaciones diversas, pero todas nuevas y estimulantes. No; la química del profesor P. No era el motor del Universo ni la llave de la verdad. P. Era un viejo escéptico e irónico, enemigo de todo tipo de retórica (por esto, y nada más que por esto era también antifascista), inteligente, terco e ingenioso; un ingenio triste el suyo.
Se contaban de él anécdotas relacionadas con la fría crueldad y el ostentoso prejuicio del que hacía gala en los exámenes. Se le atribuían en voz baja manías con bastante barrunto de mezquindad en lo referente a la organización del Instituto Químico y de su laboratorio particular.
A mí P. Me resultaba simpático. Me gustaba el rigor sobrio de sus clases; me divertía la desdeñosa ostentación con que lucía, en lugar de la camisa fascista reglamentaria, un cómico babero negro. Apreciaba mucho sus dos libros de texto, claros hasta lo obsesivo, lacónicos, preñados de su severo desprecio hacia la humanidad en general y hacia los estudiantes estúpidos y perezosos en particular; porque todos los estudiantes eran para él por definición estúpidos y perezosos. [...]
Ahora ya habían pasado los cinco meses de inquietante espera. Entre los ochenta matriculados habíamos sido elegidos los veinte menos estúpidos y menos perezosos, catorce chicos y seis chicas, y se nos había permitido experimentar en el laboratorio de Preparación. [...]
A mí, el primer día, me tocó preparar sulfato de cinc. No debía ser muy difícil, se trataba de hacer un elemental cálculo estequiométrico y de mezclar partículas de cinc con ácido sulfúrico previamente diluido; concentrar, cristalizar, secar, lavar y recristalizar. Cinc, zinc, zinck, zinco: con él se hacían barreños para meter la ropa, no es un elemento que le diga mucho a la imaginación, es gris y sus sales son incoloras, no es tóxico, no da reacciones cromáticas llamativas. En una palabra, es un metal aburrido. Se ha dado a conocer a la humanidad de hace dos o tres siglos a esta parte, o sea que no es un veterano cargado de gloria como el cobre, ni tampoco uno de esos elementos novedosos que llevan todavía consigo la fascinación clamorosa de su descubrimiento.

 Se me entregó mi pequeña porción de cinc, apenas unos gramos. La otra materia prima, o sea, el ácido sulfúrico no hacía falta pedirla porque se encontraba en abundancia por todos los rincones del laboratorio. Concentrado, claro está, y tienes que diluirlo en agua. Pero, cuidado, todos los textos lo dicen, hay que hacer al revés la operación, o sea echar el ácido en el agua y no al contrario, porque sino, aquel aceite de aspecto tan inocuo está sujeto a cóleras furibundas; esto lo saben hasta los alumnos de primaria. Luego se echa el cinc en el ácido ya diluido. 
En los apuntes se daba un detalle que en una primera lectura yo había pasado por alto, y es que el cinc, tan tierno y delicado, tan dócil ante los demás ácidos que se funden en uno, se comporta en cambio de modo bastante diferente cuando aparece en estado puro: entonces se resiste obstinadamente al ataque. Se podían sacar dos consecuencias filosóficas contradictorias entre sí: el elogio de la pureza, que protege del mal como una pureza y el elogio de la impureza que abre la puerta a las transformaciones, o sea a la vida. Descarté la primera, desagradablemente moralista, y me dediqué a considerar la segunda, más afín con mi manera de ser. Para que la rueda dé vueltas, para que la vida sea vivida, hacen falta las impurezas, y las impurezas de las impurezas; pasa igual con el terreno, como es bien sabido, si se quiere que sea fértil. Hace falta la disensión, la diversidad, el grano de sal y de mostaza. El fascismo no quiere estas cosas, las prohíbe, y por eso no eres fascista tú; quiere que todo el mundo sea igual, y tú no eres igual. Pero es que ni siquiera existe la virtud inmaculada, o, caso de existir, es detestable. Así que opta por la disolución de sulfato de cobre que viene en la lista de reactivos,  añade una gota de tu ácido sulfúrico, y verás como la reacción se inicia: el cinc se despierta, se recubre de una piel blanca de burbujitas de hidrógeno, ya está, el encantamiento ha tenido lugar, lo puedes dejar a su aire y darte una vuelta por el laboratorio a ver qué están haciendo los demás de bueno.

[...]

Fragmento adaptado de El Sistema Periódico.

Esta entrada participa en el XLIII Carnaval de Química alojado en el blog La Ciencia de la vida de @biogeocarlos.


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